viernes, 28 de enero de 2011

Hubo un cactus (I)

Eran tiempos de Colegio Mayor y nuestras vidas se hallaban en un torbellino de pereza y gandulería. Creímos que la desgana por hacer algo útil en detrimento del ansia por "aprovechar" la juventud bebiendo, fumando, cotillenado y otros gerundios nocivos serían insuperables, pero nos equivocamos.
Llegó el segundo año y con él, la desidia. Los niveles de abandono tocaron techo. Lo hicieron con tanta fuerza que lo perforaron y comenzaron un ascenso vertical, directos hacia los nubarrones que ensombrecían nuestros futuros. En ésas estábamos cuando entre las masas de vapor grisáceas asomó un rayo de conciencia que me iluminó. La situación era insostenible y tenía que hacer algo.
Un buen día, caminando por Vallehermoso vi la solución en una pequeña floristería. Por ahí, en alguna película, tal vez en algún programa vespertino, o incluso en algún documental sobre drogas y rehabilitaciones había escuchado algo: "Para aprender a cuidar de uno mismo sirve de ayuda aprender a cuidar antes una planta". No fue exactamente así, pero la esencia venía siendo ésa.
Dispuesta a encauzar mi vida, analicé aquellas plantitas de oferta alineadas en la puerta del comercio para saber cuál se adaptaría mejor a mi perfil. No era cuestión de llevarse una madreselva así, de buenas a primeras. Tampoco creo que hubiera madreselvas entre aquellas macetillas valoradas en uno o dos euros. Está claro que para los dependientes aquellos brotes nacientes no eran más que unos hierbajos de segunda a los que había que dar salida. Querían deshacerse de ellos por la vía rápida.
En aquel hospicio vegetal se encontraba el que debía ser, en adelante, mi compañero de viaje, mi  responsabilidad y el reflejo de mi enderezado seso. Se trataba de un pequeño cactus, ni bonito ni feo, más bien anodino. Lo que se podría decir un cactus normal y corriente. Era simple, pero sabía que él me lo pondría fácil, que sería dócil. Pocas exigencias y condiciones de convivencia, justo lo que necesitaba para ir empezando.
Estaba segura. Lo cogí entre mis manos con cuidado y lo pagué. Y en los treinta pasos que separaban la floristería del que por entonces era nuestro hogar, lo bautizamos. No recuerdo de quién fue la idea... ¿Tal vez de Suso? ¿Tal vez mía?. El cactus se llamaría Gepettu.

4 comentarios:

  1. É unha boa e orixinal forma de reconducir a túa vida... O cactus sigue vivo? jeje.

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  2. Jajaja, eso en la segunda parte Pu!!! Repito, me encanta que retomes tu blog :D

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  3. Y yo el tuyo, esto ha de ser un feedback meu amore! Vou durmir! :) MUAK

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