"En ese momento de plena felicidad me invadió una terrible sensación de tristeza venidera".
Esta frase, o una muy parecida, forma parte del guion de 'Las Sesiones', una película que a priori no llama mucho la atención y que precisamente por eso, por no crear expectativas, sorprende gratamente.
Y sobre las expectativas medito últimamente largo y tendido. Un caramelo envenenado cuyo sabor es delicioso al paladar, pero que deja hecho añicos el estómago. Se degusta en los momentos previos a una situación o circunstancia que se considera estimulante: a un nuevo trabajo, a un nuevo curso lectivo, a un viaje... y especialmente entre los jóvenes, a una noche de fiesta.
Solo hay que echar un vistazo a las calles de Madrid un viernes al atardecer. Se palpa el ánimo, esa emoción contenida que se ha ido reservando durante toda la semana, como se hace con el caldo de verduras para el cocido magistral de los domingos. Sonrisas y alborozo por las calles; los bares, a rebosar; y a través de las ventanas semiabiertas de los pisos compartidos se pueden escuchar las escurridizas notas de algún tema desenfadado. En su interior, los jóvenes habitantes se arreglan, combinan y permutan sus prendas, bailan frente al espejo, se preguntan y aconsejan. Ya ruedan por el baño los pintalabios y los botes de gomina. En el pasillo, el olor a éxito que deja la mezcla de colonias recién servidas. Y más adentro, en cada una de sus cabezas, una sola idea: "Esta es mi noche".
Esto es lo que ocurre un viernes normal (está claro que los sábados pierden fuelle), que se da semana tras semana. Pero ahora se acerca la noche del año que más expectativas a nivel global genera, que más fantasías e ilusiones despierta en las mentes juveniles, volubles y soñadoras. Se acerca Nochevieja. Se acerca la emocionante liturgia previa a Fin de Año. La de probarse el vestido negro dos veces al día; la de pedir cita en la peluquería; la de atar con doble nudo los planes para la noche más importante del año. La más prometedora.
Pero por muy complejo que sea el mundo imaginario que se abre paso entre los recovecos de la materia gris, este acabará por derrumbarse, estallará cual pompa de jabón en cuanto el reloj atraviese el umbral de las 00.00 y los pies atraviesen el umbral del portal. La bofetada gélida de una noche de invierno devuelve a cada cual a su puro existir, en el que las emociones nunca han necesitado cita previa. Y al despertar el 1 de enero los ánimos están desinflados, apocados. La apatía se adueña de un cuerpo hecho trizas y de un espíritu desengañado. El contador empieza de cero. Otra vez, un año más.
No está de más dejarse embriagar de vez en cuando por las expectativas pero a veces es mejor rechazarlas y darle a la realidad la posibilidad de que te seduzca hasta la plenitud. Es difícil y, cuando lo hace, sabes lo que vendrá después.
"En ese momento de plena felicidad me invadió una terrible sensación de tristeza venidera".
