jueves, 7 de noviembre de 2013

Lo absurdo tiene su lógica.

Tal vez hoy, y solo hoy, sea legítimo hablar sin tapujos o apoyar sin censura la filosofía del absurdo que plasmó Albert Camus en su obra.

Muchar reseñas, comentarios literarios y hasta la propia contraportada de ‘El Extranjero’ reza que el libro es una crítica hacia la falta de valores del hombre de la época. No pongo en duda la interpretación cuasi-universal de la novela, pero después de leerlo varias veces y en distintos momentos de mi vida sigo sin poder atisbar tal crítica en sus palabras.

En su lugar, siempre lo he interpretado como una desaprobación del exceso de preocupación del ser humano: la gente se angustia de forma inconmensurable por asuntos poco relevantes y, en consecuencia, estipula demasiados principios y criterios nada prácticos sobre ellos. 

Siempre a mi juicio. Porque si algo dicta esta filosofía es que cada cual crea y moldea su particular sentido de la vida, su motivo único y propio para justificar su existencia. En cualquier caso, los practicantes del absurdismo son conscientes de la insignificancia de la misma, y lejos de caer en la frustración, disfrutan de la ligereza que tal perspectiva les confiere.

Son una especie extraña, una de esas rarezas que solo habitan en las fosas abisales de la mente humana, ocultas y protegidas por una carcasa de piel y carne tras la que, se presupone, hay raciocinio, ética y lógica en lugar de “indiferencia”.

Pero tanta lógica, tanta ética, tanto raciocinio, llevan a menudo al desengaño y al hundimiento de los esquemas construidos cuando percibimos que se viola alguno de los preceptos que asumimos como universales. Y la universalidad, en materia de pensamiento, no está contemplada en la filosofía del absurdo. Entonces… ¿por qué hay ecuanimidad a la hora de interpretar ‘El extranjero’?

En cualquier caso, tal vez el hombre actual sea más masoquista que frívolo, y disfrute del sentimiento de agonía que provoca la preocupación por ciertas nimiedades; o quizás la egolatría, hoy más presente que la liviandad, haga dar urgente prioridad a lo propio que a cuestiones colectivas de mayor alcance. O, y esto es lo más probable, el afán de posesión y las ansias de dominio le hacen víctima de sí mismo, empujándole a los pozos del desasosiego.

No se trata de un “mejor” o un “peor”, simplemente de una simplificación, de una relativización elevada a infinito del devenir de las cosas. No se trata de “pasotismo” por naturaleza, como a veces se califica la materialización del absurdismo. Detrás de esta elección hay horas y horas de pensamiento, horas y horas de meditación que acaban por inclinar la balanza hacia el lado de la comodidad práctica.


Si eso no es usar la lógica y el raciocinio, que baje Camus y lo vea.


sábado, 9 de febrero de 2013

Bebé a bordo

Acabo de subirme en un autobús. Lo primero que escucho al atravesar esa compuerta es el desconsolado llanto de un bebé. Camino por el pasillo hacia atrás y más atrás, y el llanto se va intensificando. Y pienso: "¡Vaya por Dios!" 

He llegado a mi sitio y, cómo no, me siento sin ningún tipo de preparativo previo a un largo viaje. Estoy unas tres filas delante del 'dichoso' bebé y la gente de mi alrededor, todos en el área de peligro, bufan, resoplan y chasquean sus lenguas contra el paladar. A estas quejas sordas se suman las verbales, las de esos pasajeros que maldicen al bebé en las conversaciones telefónicas que se dan al principio de todo viaje. Yo aún no he expresado mi malestar... pero no será por ganas. Me molestan los llantos del bebé.

Me levanto para quitarme el abrigo y lanzo una mirada llena de odio y amenaza hacia el lugar del que proceden los berridos. Entonces veo al bebé, sufriendo por algún motivo que los demás desconocemos y trivializamos pero que él siente desde la pureza de su inexperiencia, desde su inconsciencia. 
Y veo a su madre, un rostro lleno de dulzura que, ajeno a la incomodidad que su retoño despierta en los pasajeros, trata de calmarle con una sonrisa aderezada con desazón. 

Mi mirada amenazante se transforma, repentinamente, en vergüenza propia y ajena. Los bufidos, resoplidos, chasquidos y demás quejas continúan. Ojalá los demás se voltearan y vieran lo que yo he visto: una imagen llena de ternura y de mimo, una demostración del amor más inmaculado. 
El foco de tirria de medio autobús se ha convertido para mí en una guía que me recuerda cuánto desprecio los individualismos, la falta de empatía y, en suma, la insolidaridad. Ellos brillan y los demás seguimos en la penumbra.

En el fondo, sus llantos nos molestan porque todos tenemos unas profundas e irreprimibles ganas de llorar. Le envidiamos porque él puede desahogarse sin importarle qué piensan los demás. A gritos y aspavientos, a lágrima viva y a moco tendido. Nosotros no. No en público. Como mucho nos concedemos el lujo de echar un suspiro humedecido desde la furtividad que nos concede el bochorno.

El autobús comienza a moverse. Pasado el rato, se vuelve a escuchar al bebé. Esta vez son risas adornadas con trinos y gorgoritos que a nadie parecen molestar. El bebé sigue siendo dichoso y nosotros... Nosotros continuamos con unas profundas ganas de llorar.