lunes, 12 de diciembre de 2011
Electrodomésticos
Odio demasiadas cosas... pero si hay algo que me ha molestado hoy es haber visto una tienda de electrodomésticos. Y no solo eso, es verla a 6º, en un atardecer encapotado y penumbroso. Las tiendas de electrodomésticos en general, y esta en concreto, siempre están iluminadas por unas lámparas halógenas bastante potentes que además de dar un aspecto hospitalario al comercio (lleno de aparatos ya de por sí color blanco nuclear), dejan ver la tristeza que se cuece en su interior. A través de las cristaleras de la entrada, que no escaparate, se podía ver perfectamente la ausencia total de clientela. Solo dos dependientes, cada uno a un lado del angosto pasillo que da forma a la tienda, daban vida a un lugar repleto de máquinas eléctricas.
Habría tenido miedo si uno de ellos fuera yo. Cuántas veces las neveras, las lavadoras, los microondas... han sido tétrica inspiración de mentes perversas.
En tan solo tres segundos, los que ha durado mi andanza por delante del establecimiento, un escalofrío me ha recorrido el cuerpo.
Frío por el metal. Frío por la luz halógena. Frío por la soledad. Nadie quiere atravesar las puertas de un local así a dos semanas de las del inv(f)ierno navideño.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Losers de la historia: Roy Disney
Siento simpatía por los losers, si se les puede llamar así. Por aquellos que, teniendo tanto mérito (o más) como el que finalmente se lo acaba llevando, se mantienen en la sombra, sin reclamar la atención de nadie y sin pedir el reconocimiento de nada.
Aquí no incluiríamos, claro está, a estos personajillos del mundo de la caspa a los que los programas de Telecirco presentan de manera un tanto heroíca: "Noséquién rompe su silencio después de nosénicuántos años". Pobrecitos. En esta subclase de mártires estaría la Campanario. Me gustaría citar a más, pero no les conozco.
Pero los casporotas no son los que nos ocupan ahora. En las primeras líneas me refería más bien a, por ejemplo, las mujeres del mundo de la ciencia (y de otros tantos mundos) del siglo XIX y anteriores, de cuyos logros acabaron haciendo gala los hombres que orbitaban en torno a ellas.
Con esto quería llegar al ejemplo concreto de Roy Disney. Está claro que no era una mujer, pero sí era el hermano de un tipo un tanto ególatra, que se acabaría saliendo con la suya: ser uno de los hombres más ricos, más influyentes y más conocidos del mundo mundial, Walt Disney.
Walt y Roy eran dos hermanitos que allá por 1923 decidieron poner en marcha el Disney Bros Studio. Pero solo dos años más tarde y por caprichos de Walt, el estudio cambió de nombre. ¿Cómo se llamó? Es fácil.
De Roy nada más se supo. Vamos... ¿Alguien conoce a Roy? Yo no, y por Internet poco he podido saber... la información que sobre él hay en Wikipedia es pobre. Unas 7 líneas de nada para el que fue cofundador, jefe ejecutivo y presidente del mayor imperio dedicado al entretenimiento y a la comunicación.
Esto suscita una pregunta... ¿La fama persigue o es perseguida?
Aquí no incluiríamos, claro está, a estos personajillos del mundo de la caspa a los que los programas de Telecirco presentan de manera un tanto heroíca: "Noséquién rompe su silencio después de nosénicuántos años". Pobrecitos. En esta subclase de mártires estaría la Campanario. Me gustaría citar a más, pero no les conozco.
Pero los casporotas no son los que nos ocupan ahora. En las primeras líneas me refería más bien a, por ejemplo, las mujeres del mundo de la ciencia (y de otros tantos mundos) del siglo XIX y anteriores, de cuyos logros acabaron haciendo gala los hombres que orbitaban en torno a ellas.
Con esto quería llegar al ejemplo concreto de Roy Disney. Está claro que no era una mujer, pero sí era el hermano de un tipo un tanto ególatra, que se acabaría saliendo con la suya: ser uno de los hombres más ricos, más influyentes y más conocidos del mundo mundial, Walt Disney.
Walt y Roy eran dos hermanitos que allá por 1923 decidieron poner en marcha el Disney Bros Studio. Pero solo dos años más tarde y por caprichos de Walt, el estudio cambió de nombre. ¿Cómo se llamó? Es fácil.
De Roy nada más se supo. Vamos... ¿Alguien conoce a Roy? Yo no, y por Internet poco he podido saber... la información que sobre él hay en Wikipedia es pobre. Unas 7 líneas de nada para el que fue cofundador, jefe ejecutivo y presidente del mayor imperio dedicado al entretenimiento y a la comunicación.
Esto suscita una pregunta... ¿La fama persigue o es perseguida?
sábado, 13 de agosto de 2011
Ligar en verano, ¿invento de Sonia y Selena?
He aquí un "repor" que escribí el verano pasado para El Progreso, y que debido a la época del año y a lo poco que me apetece escribir ahora mismo, he querido recuperar:
«Cuando llega el calor los chicos se enamoran». Así nos lo adelantaban años ha unas visionarias llamadas Sonia y Selena, quienes atribuían el fenómeno pasional a «la risa y el sol». Nueve veranos después de que la premonitoria canción viera la luz una encuesta emitida por la red social Clan 2000 lo confirma: el 80% de los españoles opina que en verano se liga más que el resto del año.
¿Y qué dicen los lucenses al respecto? Alberto Fernández, de 22 años, coincide con la estadística: «Nos animamos a salir más por el buen tiempo o las vacaciones y se conoce a más gente». De acuerdo con esta teoría está Alba Tella, quien asocia el flirteo de verano con que «la gente se pone menos ropa, sale más de fiesta y está de muy buen humor todo el día».
Tampoco Diego Portela, representante del colectivo quinceañero, lo duda un instante: «Se liga más en verano porque la gente está más suelta», dice este joven que ve en los bares los lugares ideales para el cortejo.
Mas no es ésta una filosofía que domine solo en la pubescencia, ni una moda pasajera llegada con el pareo, el trikini o la popularización del topless. Más bien se trata de una creencia que, al parecer, sobrevive generación tras generación.
Cuenta Javier Vázquez que si se coquetea más es porque «la gente se desmadra». Esto sumado a los viajes y a las vacaciones determina que las oportunidades sean «terribles», afirma este hombre de 62 años.
Junto a él, Moisés Guás, quince años mayor, revela el lugar en el que le gustaría desplegar sus armas de seducción: «Para mí, una montaña muy alta», confiesa demostrando una gran dosis de originalidad.
Algo más usuales son los sitios que constantemente han repetido los lucenses que se han atrevido a contestar estas preguntas. Como si de un tema de Los Suaves se tratara,
nuestros protagonistas caen en la clásica enumeración de «bares, pubs y discotecas» al referirse a los lugares en los que el ligoteo resulta más fácil.
En torno a este último emplazamiento, las discotecas, gira un furor fenoménico que atraviesa las murallas de la ciudad e incluso los límites administrativos de la provincia. Así se explica que un 37,5% de los españoles que han participado en la encuesta Clan 2000 escojan estos locales en los que, quien no pesca, es porque no quiere.
«¿El mejor sitio para ligar? Una discoteca a partir de las cinco de la mañana», dice Silvia Basanta entre risas. Claro que la cosa cambia cuando, mientras la mayoría se divierte en la pista de baile, otros se pasan la noche sirviendo cubatas. «Detrás de una barra se liga mucho más, pero no por el físico, precisamente —medita esta veinteañera—. Y cuando sales ya nadie te hace caso». ¿A qué se debe esta singularidad? Silvia lo achaca a que «en estas pequeñas localidades estar con el dueño de un local o con una camarera equivale, en una gran ciudad, a estar con un famoso».
Alberto Fernández, ya citado en estas líneas, también tiene sus propios argumentos para escoger la discoteca como reducto ideal para ligar. «Siempre se está de buen rollo y siempre puede caer algo. Además, tomarse unas copas ayuda a soltarse y tirarse a la piscina». Similar es la opinión de Eliseo Real: «yo prefiero las discotecas, porque de fiesta todo el mundo es más sociable».
Otros lugares
Es chocante que las fiestas de amigos, que en el sondeo aparecen como favoritas por los españoles (con un 43,5%) para flirtear, no haya sido citada por los lucenses entrevistados.
Otras ubicaciones destacadas en el cuestionario fueron la playa, la piscina, el gimnasio y el supermercado. También la oficina es nido de pasiones, si bien de esto, los lucenses, obnubilados por escapar de todo lo relacionado con el trabajo, no han dicho ni mú.
Sí nos topamos con varias mujeres que eligen la playa como escenario de fantasía. Su éxito está asegurado si sus atuendos cumplen la premisa de Eliseo Real: «Hay biquinis que matan». Pero que estén tranquilas las féminas del litoral; este funcionario no traspasa los límites al tratar con el sexo opuesto y confiesa que «mi estrategia de ligue es hablar ¿Qué voy a hacer, desnudarlas?».
Más preocupaciones les despertaría la metodología de Fermín García, de 50 años, quien arraigado a tradiciones ancestrales todavía se mantiene fiel a «la táctica primitiva: mazazo en la cabeza y llevarlas a la cueva», dice bromeando. Carmen Lamas prefiere fórmulas más sutiles para, cual arácnido, atraer los ‘moscos’ a sus redes. «Parecer más simpática de lo que una es en realidad siempre funciona», desvela esta mujer de 47 años.
Parece que de la galantería de tiempos pasados ya nada queda fuera de los clásicos del cine en blanco y negro. Lo que prima en nuestros días es la efectividad, y para efectivo —que presten atención los que aún no hayan pillado cacho—, el consejo de Alba Tella: «Primero buscas el contacto visual; cuando lo tienes, sonríes; y a partir de ahí ya buscas el contacto físico, ya sea con un pisotón o tirándole el cubata por encima».
No sabemos si tras este procedimiento podremos enamorar a una futura media naranja, pero lo que es seguro, para bien o para mal, no pasaremos inadvertidos.
Anécdotas
Al margen de este truco, Alba también ha tenido sus momentos de inseguridad. «Una vez quedé con un chico y como no recordaba como era, mandé a una amiga para que lo viera ella primero», revela la muchacha.
Milagros Hernández, quien dice que para triunfar no hay nada mejor que «ser natural», se pintó los labios —«yo que nunca me los pintaba»—, para un concierto de Camilo Sesto. «Al final le dimos un beso», dice esta mujer de 56 años.
Las situaciones anecdóticas también son atemporales, y si no que le pregunten a Javier Vázquez, cuya melena larga despertaba odios en los adultos y pasiones en las mozas allá por los años 70.
Pero para historia, la de Carmen Lamas, quien conoció a «un chico —que hoy, veinticinco años más tarde, es su marido— que tenía una Yamaha, y como no sabía si lo que me gustaba era él o su moto le pedí que la vendiera». Y Carmen perdió una moto, pero ganó un esposo.
No obstante, los cuentos de amor verdadero no son los que priman en la época veraniega. Cupido está de vacaciones y su becario inexperto apenas roza con su flecha a las dianas... ¿El resultado? Rollos de una noche a troche y moche.
«Cuando llega el calor los chicos se enamoran». Así nos lo adelantaban años ha unas visionarias llamadas Sonia y Selena, quienes atribuían el fenómeno pasional a «la risa y el sol». Nueve veranos después de que la premonitoria canción viera la luz una encuesta emitida por la red social Clan 2000 lo confirma: el 80% de los españoles opina que en verano se liga más que el resto del año.
¿Y qué dicen los lucenses al respecto? Alberto Fernández, de 22 años, coincide con la estadística: «Nos animamos a salir más por el buen tiempo o las vacaciones y se conoce a más gente». De acuerdo con esta teoría está Alba Tella, quien asocia el flirteo de verano con que «la gente se pone menos ropa, sale más de fiesta y está de muy buen humor todo el día».
Tampoco Diego Portela, representante del colectivo quinceañero, lo duda un instante: «Se liga más en verano porque la gente está más suelta», dice este joven que ve en los bares los lugares ideales para el cortejo.
Mas no es ésta una filosofía que domine solo en la pubescencia, ni una moda pasajera llegada con el pareo, el trikini o la popularización del topless. Más bien se trata de una creencia que, al parecer, sobrevive generación tras generación.
Cuenta Javier Vázquez que si se coquetea más es porque «la gente se desmadra». Esto sumado a los viajes y a las vacaciones determina que las oportunidades sean «terribles», afirma este hombre de 62 años.
Junto a él, Moisés Guás, quince años mayor, revela el lugar en el que le gustaría desplegar sus armas de seducción: «Para mí, una montaña muy alta», confiesa demostrando una gran dosis de originalidad.
Algo más usuales son los sitios que constantemente han repetido los lucenses que se han atrevido a contestar estas preguntas. Como si de un tema de Los Suaves se tratara,
nuestros protagonistas caen en la clásica enumeración de «bares, pubs y discotecas» al referirse a los lugares en los que el ligoteo resulta más fácil.
En torno a este último emplazamiento, las discotecas, gira un furor fenoménico que atraviesa las murallas de la ciudad e incluso los límites administrativos de la provincia. Así se explica que un 37,5% de los españoles que han participado en la encuesta Clan 2000 escojan estos locales en los que, quien no pesca, es porque no quiere.
«¿El mejor sitio para ligar? Una discoteca a partir de las cinco de la mañana», dice Silvia Basanta entre risas. Claro que la cosa cambia cuando, mientras la mayoría se divierte en la pista de baile, otros se pasan la noche sirviendo cubatas. «Detrás de una barra se liga mucho más, pero no por el físico, precisamente —medita esta veinteañera—. Y cuando sales ya nadie te hace caso». ¿A qué se debe esta singularidad? Silvia lo achaca a que «en estas pequeñas localidades estar con el dueño de un local o con una camarera equivale, en una gran ciudad, a estar con un famoso».
Alberto Fernández, ya citado en estas líneas, también tiene sus propios argumentos para escoger la discoteca como reducto ideal para ligar. «Siempre se está de buen rollo y siempre puede caer algo. Además, tomarse unas copas ayuda a soltarse y tirarse a la piscina». Similar es la opinión de Eliseo Real: «yo prefiero las discotecas, porque de fiesta todo el mundo es más sociable».
Otros lugares
Es chocante que las fiestas de amigos, que en el sondeo aparecen como favoritas por los españoles (con un 43,5%) para flirtear, no haya sido citada por los lucenses entrevistados.
Otras ubicaciones destacadas en el cuestionario fueron la playa, la piscina, el gimnasio y el supermercado. También la oficina es nido de pasiones, si bien de esto, los lucenses, obnubilados por escapar de todo lo relacionado con el trabajo, no han dicho ni mú.
Sí nos topamos con varias mujeres que eligen la playa como escenario de fantasía. Su éxito está asegurado si sus atuendos cumplen la premisa de Eliseo Real: «Hay biquinis que matan». Pero que estén tranquilas las féminas del litoral; este funcionario no traspasa los límites al tratar con el sexo opuesto y confiesa que «mi estrategia de ligue es hablar ¿Qué voy a hacer, desnudarlas?».
Más preocupaciones les despertaría la metodología de Fermín García, de 50 años, quien arraigado a tradiciones ancestrales todavía se mantiene fiel a «la táctica primitiva: mazazo en la cabeza y llevarlas a la cueva», dice bromeando. Carmen Lamas prefiere fórmulas más sutiles para, cual arácnido, atraer los ‘moscos’ a sus redes. «Parecer más simpática de lo que una es en realidad siempre funciona», desvela esta mujer de 47 años.
Parece que de la galantería de tiempos pasados ya nada queda fuera de los clásicos del cine en blanco y negro. Lo que prima en nuestros días es la efectividad, y para efectivo —que presten atención los que aún no hayan pillado cacho—, el consejo de Alba Tella: «Primero buscas el contacto visual; cuando lo tienes, sonríes; y a partir de ahí ya buscas el contacto físico, ya sea con un pisotón o tirándole el cubata por encima».
No sabemos si tras este procedimiento podremos enamorar a una futura media naranja, pero lo que es seguro, para bien o para mal, no pasaremos inadvertidos.
Anécdotas
Al margen de este truco, Alba también ha tenido sus momentos de inseguridad. «Una vez quedé con un chico y como no recordaba como era, mandé a una amiga para que lo viera ella primero», revela la muchacha.
Milagros Hernández, quien dice que para triunfar no hay nada mejor que «ser natural», se pintó los labios —«yo que nunca me los pintaba»—, para un concierto de Camilo Sesto. «Al final le dimos un beso», dice esta mujer de 56 años.
Las situaciones anecdóticas también son atemporales, y si no que le pregunten a Javier Vázquez, cuya melena larga despertaba odios en los adultos y pasiones en las mozas allá por los años 70.
Pero para historia, la de Carmen Lamas, quien conoció a «un chico —que hoy, veinticinco años más tarde, es su marido— que tenía una Yamaha, y como no sabía si lo que me gustaba era él o su moto le pedí que la vendiera». Y Carmen perdió una moto, pero ganó un esposo.
No obstante, los cuentos de amor verdadero no son los que priman en la época veraniega. Cupido está de vacaciones y su becario inexperto apenas roza con su flecha a las dianas... ¿El resultado? Rollos de una noche a troche y moche.
lunes, 8 de agosto de 2011
Autodiálogo
- ¿Crees que tiene sentido continuar con esto?
- No sé... Dímelo tú...
- Sabes que nadie lo ve, que a nadie le importa. Tampoco aportas nada nuevo.- Por eso lo hice, para mí... A mí si me importa... a veces.
- Entonces... ¿Para qué pusiste un contador?
- ... pues.... eh....
- Si fuera para ti, escribirías un diario. A todo el mundo, en el fondo, le gusta imaginar que alguien leerá sus pensamientos, si es que los escribe. De ahí el contador.
- Supongo que llevas razón... Pero también por eso, por saber que alguien puede leerlos, a veces no escribo con la claridad con la que pienso...
- Y eso acaba pesando.
-Y muchos otros pensamientos se escurren, sin someterse a las rígidas leyes de la gramática, la sintaxis y la ortogafía... y se convierten en estrellas lejanas que aún estando ahí, son irreconocibles... Se pierden entre las demás, todas ellas iguales. ¿Comprendes...?
- Sí. Por un lado se llama autocensurarse; y por el otro, excusarse. viernes, 29 de julio de 2011
Canciones para un descapotable rosa
Podría ser el coche de una Barbie o una Cindy. El concepto de descapotable rosa es bastante afín al prototipo de mujer joven, alocada, chillona y rubia (y americana, con permiso). Y con cinco o seis tarjetas de crédito, cada una de ellas con cifras de seis ceros (no precisamente a la izquierda). Esta mujer joven y rubia conduciría por las carreteras de la costa californiana o por algún tramo desértico de la Ruta 66, con un par de amigas hechas a su imagen y semejanza y a una velocidad media de 150 Km/h.
Y si la señorita me permitiera, le sugeriría una banda sonora para que completara su viaje de ensueño... que previsiblemente acabaría en algún casino de Las Vegas al anochecer.
1. Baby I don't care - Transvision Vamp
2. Respect - Aretha Franklin
3.Bad Reputation - Joan Jett and the Blackhearts
4. Cannonball - The Breeders
5. Girls just wanna have fun - Cyndi Lauper
6.Janis Joplin - Piece of my heart
7.Somebody to love - Jefferson Airplane
8.The Locomotion - Little Eva
9.Rebel Girl - Bikini Kill
10.Touch-a, touch-a, touch me - Susan Sarandon
11.Celebrity Skin - Hole
12.How do you do! - Roxette
13.Everywhere - Michelle Branch
14.99 Luftballoons - Nena
15.Dear prudence - Siouxsie and the banshees
16.I got you babe - Sonny & Cher
17.The Supremes - You Can't Hurry Love
Si no tienes descapotable rosa, no te preocupes. Suenan igual de bien en un Clio blanco del año 92.
Y si la señorita me permitiera, le sugeriría una banda sonora para que completara su viaje de ensueño... que previsiblemente acabaría en algún casino de Las Vegas al anochecer.
1. Baby I don't care - Transvision Vamp
2. Respect - Aretha Franklin
3.Bad Reputation - Joan Jett and the Blackhearts
4. Cannonball - The Breeders
5. Girls just wanna have fun - Cyndi Lauper
6.Janis Joplin - Piece of my heart
7.Somebody to love - Jefferson Airplane
8.The Locomotion - Little Eva
9.Rebel Girl - Bikini Kill
10.Touch-a, touch-a, touch me - Susan Sarandon
11.Celebrity Skin - Hole
12.How do you do! - Roxette
13.Everywhere - Michelle Branch
14.99 Luftballoons - Nena
15.Dear prudence - Siouxsie and the banshees
16.I got you babe - Sonny & Cher
17.The Supremes - You Can't Hurry Love
Si no tienes descapotable rosa, no te preocupes. Suenan igual de bien en un Clio blanco del año 92.
miércoles, 4 de mayo de 2011
¿Has visto a mi Bebé?
La mímesis que desde su nacimiento han tenido las nuevas tecnologías con el género humano es, cuanto menos, abrumadora. Y dentro de la gran familia de los bípedos con raciocinio, ha sido en las especies adolescente y juvenil en las que ha hecho más mella, tal vez por aquello del tiempo libre que deja el horario académico a media jornada.
Artilugios como las primeras videoconsolas ya son difícilmente catalogables como tal al lado de las sofisticadas máquinas de entretenimiento que se venden hoy día en el mercado. Lo mismo pasa con los ordenadores y con los teléfonos móviles. ¿Quién les iba a decir a los ejecutivos de los 90 que en menos de 15 años podrían chatear, hacer videoconferencias o descargarse miles de aplicaciones desde sus dispositivos móviles? Nadie, porque por aquel entonces ni siquiera existía tal jerga.
Como ocurre con todo, las tecnologías tienen sus defensores y sus detractores, y aunque decir que pertenezco al segundo grupo sería hipócrita, sí rechazo la creciente dependencia que se comienza a vislumbrar a merced de ciertos aparatejos.
Me molesta especialmente el caso de las BlackBerry. Ir a tomar algo con los colegas y sentir que tu lugar en el grupo ha sido ocupado por un miniordenador es triste; tocado. Pero la cosa empeora cuando, por ejemplo, acabas de contar un chiste y tu interlocutor se troncha… Por un momento te sientes orgulloso y satisfecho, pero… ¡Sorpresa! No se reía con tu chiste, sino con algún otro amigo al otro lado de su BB; hundido.
Precisamente, tanta manía le profeso al cacharro que solo escuchar el nombre abreviado me irrita: el que a un chisme de tal naturaleza se le denomine “bebé” hace despertar mi lado más escéptico. “No encuentro mi BB”, “¿Dónde está mi BB?” o “¿Tienes BB?” son algunas de las frases con las que tuve que lidiar cuando mis amigos más adelantados se hicieron con las primeras BlackBerrys o “bebés” del grupo. Ellos fueron los padres prematuros de una enorme camada que ha conquistado a gran parte de la juventud española.
Por eso ahora oír frases de ese tipo ya me resulta de lo más común, hasta tal punto que temo que algún día, en alguna gran plataforma comercial, se me acerque alguna mujer apurada y nerviosa formulando una pregunta más propia de telefilme dramático y vespertino que de la vida real: “¡¿Has visto a mi bebé?!”. No estaré bromeando si le digo con indiferencia: “Mire en el bolso, señora”.
lunes, 11 de abril de 2011
Circo de rémoras
A sólo tres días del octogésimo aniversario de la proclamación de la II República, me asalta una duda. Con el lamentable panorama sociopolítico al que estamos asistiendo, ¿cómo alguien puede tener como máxima preocupación la renuncia del monarca? Seguimos dividiéndonos en esas absurdas contraposiciones de “rey sí, rey no”, de izquierdas y derechas y, cómo no, de populares y socialistas. Y mientras defendemos con fervor aquellas ideas (y a aquellos políticos) a las que nos aferramos, ellos, los políticos, sean del color que sean, se ríen de nosotros con pretendido descaro.
He aquí un listado de los casos con los que más se han desternillado sus señorías: la reciente y rotunda negativa de los eurodiputados a volar a clase turista para recortar gastos (cuidado, que ahora algunos de los que votaron “no” lo cambiarán para abstenerse); la presentación de listas electorales infestadas de personalidades imputadas en casos de corrupción (véase Camps, quien parece desconocer el significado de las palabras “dimisión” y “dignidad”); por el otro bando, se lo han pasado ‘pipa’ con la trama de los ERE en Andalucía; también se ríen cada vez que sale a relucir el tema del copago sanitario para el ciudadano de a pie, mientras ellos gozan de privilegiados seguros privados (¿no es tan maravillosa la Seguridad Social?); en la misma línea está el tema de las pensiones vitalicias (para eso se ha aumentado la edad de jubilación a los 67 años, para que sigamos alimentando sus fondos como si de calderas de carbón se tratara); y, por último, lo que más me enerva a mí y más les troncha a ellos: la ley electoral, una ley que impide a efectos prácticos que entre una tercera agrupación a pugnar por un poder que ya se pudre en el bipartidismo. Y adivinen… ¿quién puede cambiar eso? Pues esos dos partidos que, aparentemente, tan mal se llevan y que, aparentemente (o eso creen ellos), tan distintos son. Pero ni a los del puño ni a los de la gaviota, defensores a ultranza de la democracia española, les he oído una palabra sobre la reforma de la ley electoral.
Mientras todo esto sucede, entre carcajada y carcajada los políticos aprovechan para tirarnos, desde sus bancos, leyes insignificantes pero controvertidas para que nosotros peleemos cual palomas por unas tristes miajas de pan.
¿A quién le importa la Ley Antitabaco? ¿A quién le importa la Ley Sinde? ¿A quién le importa que el rey renuncie al trono? Yo, por lo menos, siento más cercana a la Familia Real (sí, esas figuras arcaicas que nacen ya con privilegios) que a la clase política, a la que nosotros, el pueblo, designamos para que cumplan nuestra voluntad. ¿Lo hacen? No. Entonces, ¿Por qué antes de pedir la caída de la Corona no pedimos la extinción de este criadero de rémoras y la implantación de una democracia real?
He aquí un listado de los casos con los que más se han desternillado sus señorías: la reciente y rotunda negativa de los eurodiputados a volar a clase turista para recortar gastos (cuidado, que ahora algunos de los que votaron “no” lo cambiarán para abstenerse); la presentación de listas electorales infestadas de personalidades imputadas en casos de corrupción (véase Camps, quien parece desconocer el significado de las palabras “dimisión” y “dignidad”); por el otro bando, se lo han pasado ‘pipa’ con la trama de los ERE en Andalucía; también se ríen cada vez que sale a relucir el tema del copago sanitario para el ciudadano de a pie, mientras ellos gozan de privilegiados seguros privados (¿no es tan maravillosa la Seguridad Social?); en la misma línea está el tema de las pensiones vitalicias (para eso se ha aumentado la edad de jubilación a los 67 años, para que sigamos alimentando sus fondos como si de calderas de carbón se tratara); y, por último, lo que más me enerva a mí y más les troncha a ellos: la ley electoral, una ley que impide a efectos prácticos que entre una tercera agrupación a pugnar por un poder que ya se pudre en el bipartidismo. Y adivinen… ¿quién puede cambiar eso? Pues esos dos partidos que, aparentemente, tan mal se llevan y que, aparentemente (o eso creen ellos), tan distintos son. Pero ni a los del puño ni a los de la gaviota, defensores a ultranza de la democracia española, les he oído una palabra sobre la reforma de la ley electoral.
Mientras todo esto sucede, entre carcajada y carcajada los políticos aprovechan para tirarnos, desde sus bancos, leyes insignificantes pero controvertidas para que nosotros peleemos cual palomas por unas tristes miajas de pan.
¿A quién le importa la Ley Antitabaco? ¿A quién le importa la Ley Sinde? ¿A quién le importa que el rey renuncie al trono? Yo, por lo menos, siento más cercana a la Familia Real (sí, esas figuras arcaicas que nacen ya con privilegios) que a la clase política, a la que nosotros, el pueblo, designamos para que cumplan nuestra voluntad. ¿Lo hacen? No. Entonces, ¿Por qué antes de pedir la caída de la Corona no pedimos la extinción de este criadero de rémoras y la implantación de una democracia real?
lunes, 21 de febrero de 2011
¿Tiendas o teatros?
Pasear de noche por la Gran Vía madrileña puede resultar frustrante para alguien que busque disfrutar, a buen precio, de una velada meramente cultural y por ende, enriquecedora. A uno y otro lado de la calle parpadean las bombillas y neones que encabezan el emplazamiento de los teatros, auditorios y cines, que se funden y confunden con los gigantes y luminosos paneles publicitarios. Y es que no siempre resulta fácil distinguir entre una y otra cosa…
-Pero… ¿antes no había un teatro donde está ahora esa tienda de MoviStar?
-No es una tienda. Sigue siendo un teatro, sólo que ahora es el Teatro MoviStar.
Esta estrategia de marketing no se ha dado sólo en el Rialto. El conocido Teatro Calderón fue renombrado hace unos tres años como Teatro Häagen-Dazs, y la misma suerte corrió el auditorio multiusos situado en la Casa de Campo, denominado ahora Telefónica Arena.
¿Qué significado tienen estos nuevos nombres? Pues lo que ya todos sabemos: el juego sucio de las multinacionales, de los inconcebibles capitales, de las presiones económicas y del corporativismo ya ha llegado a la cultura. Ha tardado, pero el sombrero de copa finalmente ha metido mano en el arte de a pie para impedir que las costumbres populares sean accesibles a todos los públicos. Privatización. Algo que empezó en los cines, con su expectación masiva y su universalidad, se ha trasladado a las pequeñas salas, donde los recursos materiales son más escasos, pero donde los personajes configuran el mágico ambiente del vivo y el directo.
Las ventajas y desventajas de esta conquista publicitaria irán en función del perfil de cada espectador. Por una parte, los teatros del centro de Madrid ya sólo albergan mini-superproducciones teatrales, muy orientadas por sus elevados precios a familias, adultos o grupos. Los llenos son totales y el recinto emana un aire muy comercial, y salvo para los más pudientes, la entrada para una función puede suponer un ‘capricho’.
Por otra parte, los que antes disfrutaban de obras clásicas e independientes en los edificios emblemáticos del corazón de la capital se ven ahora relegados a salas más pequeñas, menos conocidas y que cuentan con menos medios de difusión y por lo tanto, con menos posibilidades de crecer.
Y he aquí el bucle del poder que, cual remolino de billetes verdes, asciende hacia las alturas mientras el talento de lo humilde se sume cada vez en cloacas más profundas.
sábado, 12 de febrero de 2011
Sospechosos Habituales
Se trataba de una mujer joven e ingenua. Había llegado a la vorágine de la gran ciudad tras haber pasado sus veinti pocos años de vida en el apacible sosiego de la aldea norteña, pero con todo se adaptó bien.
Un día, como en ocasiones anteriores, se dispuso a devolver una película en el videoclub del barrio donde vivía. Pero esta vez era diferente: había sobrepasado el límite de entrega de la cinta.
Al entrar al establecimiento se dirigió al dependiente un tanto apurada, pues no sabía qué fatales consecuencias podría acarrear su demora:
- Hola. Venía a devolver una película, aunque con un día de retraso...
- Bien. ¿A qué nombre estaba?
- Lola Lólez-, dijo con la voz temblorosa.
El empleado cogió el listado de papel que usaba a modo de relación de clientes y películas.
- Sí, aquí está. A ver... Sospechosos Habituales.
La mujer no sabía dónde meterse. Se ruborizó al pensar qué habrían hecho ella y su marido para gozar de tan mala fama en aquel videoclub y solo atinó a decir:
- No, no... Si es la primera vez que nos ocurre...
Un día, como en ocasiones anteriores, se dispuso a devolver una película en el videoclub del barrio donde vivía. Pero esta vez era diferente: había sobrepasado el límite de entrega de la cinta.
Al entrar al establecimiento se dirigió al dependiente un tanto apurada, pues no sabía qué fatales consecuencias podría acarrear su demora:
- Hola. Venía a devolver una película, aunque con un día de retraso...
- Bien. ¿A qué nombre estaba?
- Lola Lólez-, dijo con la voz temblorosa.
El empleado cogió el listado de papel que usaba a modo de relación de clientes y películas.
- Sí, aquí está. A ver... Sospechosos Habituales.
La mujer no sabía dónde meterse. Se ruborizó al pensar qué habrían hecho ella y su marido para gozar de tan mala fama en aquel videoclub y solo atinó a decir:
- No, no... Si es la primera vez que nos ocurre...
viernes, 28 de enero de 2011
Hubo un cactus (I)
Eran tiempos de Colegio Mayor y nuestras vidas se hallaban en un torbellino de pereza y gandulería. Creímos que la desgana por hacer algo útil en detrimento del ansia por "aprovechar" la juventud bebiendo, fumando, cotillenado y otros gerundios nocivos serían insuperables, pero nos equivocamos.
Llegó el segundo año y con él, la desidia. Los niveles de abandono tocaron techo. Lo hicieron con tanta fuerza que lo perforaron y comenzaron un ascenso vertical, directos hacia los nubarrones que ensombrecían nuestros futuros. En ésas estábamos cuando entre las masas de vapor grisáceas asomó un rayo de conciencia que me iluminó. La situación era insostenible y tenía que hacer algo.
Un buen día, caminando por Vallehermoso vi la solución en una pequeña floristería. Por ahí, en alguna película, tal vez en algún programa vespertino, o incluso en algún documental sobre drogas y rehabilitaciones había escuchado algo: "Para aprender a cuidar de uno mismo sirve de ayuda aprender a cuidar antes una planta". No fue exactamente así, pero la esencia venía siendo ésa.
Dispuesta a encauzar mi vida, analicé aquellas plantitas de oferta alineadas en la puerta del comercio para saber cuál se adaptaría mejor a mi perfil. No era cuestión de llevarse una madreselva así, de buenas a primeras. Tampoco creo que hubiera madreselvas entre aquellas macetillas valoradas en uno o dos euros. Está claro que para los dependientes aquellos brotes nacientes no eran más que unos hierbajos de segunda a los que había que dar salida. Querían deshacerse de ellos por la vía rápida.
En aquel hospicio vegetal se encontraba el que debía ser, en adelante, mi compañero de viaje, mi responsabilidad y el reflejo de mi enderezado seso. Se trataba de un pequeño cactus, ni bonito ni feo, más bien anodino. Lo que se podría decir un cactus normal y corriente. Era simple, pero sabía que él me lo pondría fácil, que sería dócil. Pocas exigencias y condiciones de convivencia, justo lo que necesitaba para ir empezando.
Estaba segura. Lo cogí entre mis manos con cuidado y lo pagué. Y en los treinta pasos que separaban la floristería del que por entonces era nuestro hogar, lo bautizamos. No recuerdo de quién fue la idea... ¿Tal vez de Suso? ¿Tal vez mía?. El cactus se llamaría Gepettu.
martes, 25 de enero de 2011
Cómo morir
Temo a la muerte. Me da tanto pavor que en mi mente he recreado todo tipo de situaciones imprevisibles y peligrosas para aprender a hacerles frente en caso de que se materialicen. Situaciones como el ataque de un psicópata, un incendio en casa, etc. Las soluciones que he inventado para ellas son más un placebo para calmar pensamientos angustiosos que métodos efectivos para la supervivencia. Pero ahí están.
Hay otros peligros que se pueden evitar con simples gestos rutinarios: contra el gas, puertas cerradas y ventanas abiertas; contra macetas, andamios, blasones y otras amenazas callejeras, evitar pasar inmediatamente debajo de ellas. Comer bien, imprescindible... Aunque eso y el deporte, pa los restos. Y tabaco y Almirante, que no falten.
En fin, no soy la única persona de este mundo que saca a relucir su cobardía más miserable cuando se trata de este tema, ni soy la única que algunas noches de pensamientos traicioneros se acurruca entre las sábanas sabiendo que ella está ahí, acechando. Que llegará en cualquier momento para ajusticiarme con equidad junto a todos los demás. Porque la muerte es lo único de lo que todos podemos tener certeza en esta vida.
Entonces... Si nos gusta divagar e idealizar sobre cómo queremos que sea nuestra casa, nuestra boda, nuestro trabajo, nuestro príncipe azul o nuestro próximo look, cosas que luego difícilmente se corresponderán con la realidad, ¿por qué no pensar en cómo nos gustaría morir (eso sí, dentro de muchos años?) Los hermanos Coen dan muchas y divertidas ideas y aunque reproducir sus fórmulas no sea ni sencillo, ni digno, ni ético, al menos ayudan a que mi concepto de muerte mute por momentos de algo trágico, horrible y dramático a algo natural, hilarante y cómico.
domingo, 23 de enero de 2011
Vida resuelta
Desde hace unas semanas tengo un deseo que se engrandece a cada día que pasa. Es un deseo absurdo y banal, por inalcanzable. Deseo echarme a dormir una noche y despertarme a la mañana siguiente con las manos más arrugadas, en una cama de 135, en una casa confortable ubicada en cualquier lugar y, sobre todo, despertarme con la certeza de saber quién soy, cuáles son mis sueños, con quién puedo contar.
Parece el típico deseo que responde al perfil de mujer de clase media, engatusada por las directrices, casi imposiciones sutiles de la sociedad. Y tal vez lo sea. Sólo que mi deseo no se basa en la consecución de objetivos, sino en todo lo contrario, en partir de la línea de salida con todas esas cosas que se consideran necesarias para tener una vida plena ya a cuestas. Quiero obviar la juventud, con sus vaivenes inútiles y sus desequilibrios frustrantes; con sus borracheras, su conocer gente, su depender de los demás y sus preocupaciones sobre lo que vendrá después. Quiero despertarme con la vida resuelta, a sabiendas de que dentro de diez años desearé despertarme con diez años más o con diez años menos.
Es un deseo cómodo, apático. Un deseo estúpido que de cumplirse supondría un vacío de experiencias que me condicionaría de por vida. Pero sé a ciencia cierta que es un deseo efímero y que dentro de tres o cuatro meses de él no quedará rastro.
martes, 11 de enero de 2011
Canciones cincurnstanciales de tiempo
Con esto de cerrar el 2010 mucha gente ha entrado a valorar cómo ha sido su año haciendo una simplificación maniquea. ¿Bueno o malo? Como los demás, estuvo dividido en meses, semanas, días y momentos. Y al fin y al cabo lo que se puede medir son eso, los momentos. Los hay de todos los tamaños, colores, formas y sabores; buenos, bonitos, baratos; azules oscuro, casi negros. Y los hay melancólicos.
Pero para éstos existe una solución bien sencilla: las canciones mañaneras (también adaptables a otros horarios). Cuando percibo que un ápice de morriña intenta abrirse paso entre las viscosidades de mi materia gris para alcanzar el exterior (siguiendo a rajatabla el consejo que en su día proclamó Bruce Lee, "be water, my friend"), simplemente abro la carpeta de música y rebusco ansiosamente hasta dar con la melodía letal que ha de neutralizarla.
No sirve cualquiera. La canción seleccionada debe cumplir unos requisitos. El más importante: ser alguno de los temazos que, durante los años suspendidos entre mi más tierna infacia y mi temprana pubertad, escuchaba las mañanas no lectivas desde mis aposentos en un estado de consciente ensoñación. ¿Los culpables? Mis padres, cada cual con lo suyo.
Las notas de Rod Stewart, Sabina, Supertramp, Steve Miller Band, Mocedades, Simon & Garfunkel, John Lennon, UB40, Bob Marley, El Último de la Fila y Manolo Tena ascendían por las escaleras, desde el tocadiscos del salón hasta atravesar la madera de mi puerta y el serrín de mis neuronas. Dosis de endorfina; dosis de felicidad.
Hoy, la sensación que tengo al escuchar esas canciones mañaneras, además del recuerdo añadido, es la misma: plenitud. Pero ahora ya no son mis padres los que, de forma involuntaria, me alegran ese momento del día tan delicado que es el despertar. Me han pasado el testigo y con él, la capacidad de decidir despertar, trabajar, ir a clase o dormir todos los días de buen humor.
Algunas mañaneras:
Rod Stewart - You wear it well
Steve Miller Band - Give it up
Supertramp - Give a little bit
Sabina - Telespañolito
Manolo Tena - Tocar Madera
El Último de la Fila - Como un burro amarrado a la puerta del baile
Bob Marley - Is this love
UB40 - Red red wine
Simon & Garfunkel - Mrs. Robinson
John Lennon - Woman
Mocedades - Le llamaban loca
Los Sabandeños y María Dolores Pradera nunca me calaron.
miércoles, 5 de enero de 2011
Pripyat, la Pompeya posmoderna
Era joven, vital y rica, con la peculiaridad de que no se trataba de una superestrella hollywoodense de los años 50. Es más, no se trataba, siquiera, de una persona. Su nombre era (y supongo que todavía es) Pripyat. Aunque muchos ya conocen su historia, tenía la extraña necesidad de hacerme eco de ella para compartir la fascinación que sentí hará unos tres o cuatro años, cuando supe de su existencia.
Corría el año 1970. La fiebre por la energía nuclear, al parecer, se encontraba en pleno auge. Al mismo tiempo que se construía la central de Chernobyl, comenzaron las obras, a tan sólo 900 metros de distancia, de lo que sería la ciudad de Pripyat. Ésta sería el nuevo hogar de parte de los científicos, ingenieros u operarios que trabajarían en la planta energética.
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| Pripyat a principios de los 80 |
Por lo que se puede leer en Internet, hasta 1985, Pripyat creció a una velocidad vertiginosa. En quince años su población ascendió a unos 50.000 habitantes y las infraestructuras, junto al sector terciario y la oferta cultural y de ocio proliferaron con ella. Debía de ser la hostia.
Si son ciertos los datos, se trataba de una ciudad próspera en la que la media de edad de los habitantes estaba por debajo de la de cualquier otra ciudad de la URSS y en la que la media de renta per cápita era una de las más altas del territorio. Me lo imagino como un oasis soviético, un reducto pacificado al norte de Ucrania en el que reinaban el frescor de una inteligencia joven y el optimismo arropado por unas posibles luces de neón que lanzaban destellos jaraneros al caer la noche.
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| Pupitres abandonados |
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| Lo que queda de la piscina climatizada |
Sin embargo, el prometedor destino de Pripyat se ve alterado en la primavera de 1986. Todos sabemos por qué. La catástrofe de Chernobyl hace que esa aurora de alegría y vitalidad que tengo asentada en la cabeza se trunque en una atmósfera radiactiva en la que ya no hay lugar para la vida humana.
Hoy, casi un cuarto de siglo después, de la boyante Pripyat sólo queda la vaga sombra de lo que fue en un pasado no demasiado lejano. Estancada en el tiempo, en ella permanecen todavía en pie los edificios que en otro tiempo albergaron el ayuntamiento y el gorkom. En las paredes y los pupitres de las escuelas aún se pueden leer mensajes de amor adolescente. La noria, años atrás sinónimo de alborozo, se asemeja ahora a una tétrica y enorme turbina oxidada. También se mantienen erguidos los numerosos bloques de viviendas que antaño dieron cobijo a los ciudadanos y en los que hoy, tras sucesivos saqueos, debe de quedar poco más que escritos, fotografías y juguetes abandonados. Se revive, en versión posmodernista, la tragedia acaecida en Pompeya en el año 79... Con la diferencia de que esta vez, un Vesubio cementoso construido por el humano entró en erupción por acción humana... Pero bueno, al fin y al cabo todo parte de la naturaleza.
Pripyat, la ciudad que quedó atrapada en el tiempo a sus dieciséis años, ha pasado en menos de cuatro lustros de ser un esperanzador paraíso a una enorme localidad fantasma, en las que sus desiertas calles lanzan al aire una pregunta que sólo el ulular del viento responde: ¿qué fue de toda esa gente? No sé, prefiero imaginármelo. Son muchas las incógnitas que giran en torno a todo este tema, pero al menos una cosa es segura: allí ya no queda nadie, excepto una agreste vegetación que parece proclamarse dueña máxima de la ciudad, ahuyentando con brotes infectos de esquizofrenia y desasosiego a los visitantes que osan mirar de frente a las enormes y ¿deshabitadas? colmenas de hormigón.
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