lunes, 12 de diciembre de 2011
Electrodomésticos
Odio demasiadas cosas... pero si hay algo que me ha molestado hoy es haber visto una tienda de electrodomésticos. Y no solo eso, es verla a 6º, en un atardecer encapotado y penumbroso. Las tiendas de electrodomésticos en general, y esta en concreto, siempre están iluminadas por unas lámparas halógenas bastante potentes que además de dar un aspecto hospitalario al comercio (lleno de aparatos ya de por sí color blanco nuclear), dejan ver la tristeza que se cuece en su interior. A través de las cristaleras de la entrada, que no escaparate, se podía ver perfectamente la ausencia total de clientela. Solo dos dependientes, cada uno a un lado del angosto pasillo que da forma a la tienda, daban vida a un lugar repleto de máquinas eléctricas.
Habría tenido miedo si uno de ellos fuera yo. Cuántas veces las neveras, las lavadoras, los microondas... han sido tétrica inspiración de mentes perversas.
En tan solo tres segundos, los que ha durado mi andanza por delante del establecimiento, un escalofrío me ha recorrido el cuerpo.
Frío por el metal. Frío por la luz halógena. Frío por la soledad. Nadie quiere atravesar las puertas de un local así a dos semanas de las del inv(f)ierno navideño.
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