Tal vez hoy, y solo hoy, sea legítimo hablar sin tapujos o
apoyar sin censura la filosofía del absurdo que plasmó Albert Camus en su obra.
Muchar reseñas, comentarios literarios y hasta la propia contraportada de ‘El
Extranjero’ reza que el libro es una crítica hacia la falta de valores del hombre
de la época. No pongo en duda la interpretación cuasi-universal de la novela, pero
después de leerlo varias veces y en distintos momentos de mi vida sigo sin
poder atisbar tal crítica en sus palabras.
En su lugar, siempre lo he interpretado como una desaprobación
del exceso de preocupación del ser humano: la gente se angustia de forma inconmensurable
por asuntos poco relevantes y, en consecuencia, estipula demasiados principios
y criterios nada prácticos sobre ellos.
Siempre a mi juicio. Porque si algo dicta esta filosofía es
que cada cual crea y moldea su particular sentido de la vida, su motivo único y
propio para justificar su existencia. En cualquier caso, los practicantes del
absurdismo son conscientes de la insignificancia de la misma, y lejos de caer
en la frustración, disfrutan de la ligereza que tal perspectiva les confiere.
Son una especie extraña, una de esas rarezas que solo habitan
en las fosas abisales de la mente humana, ocultas y protegidas por una carcasa de
piel y carne tras la que, se presupone, hay raciocinio, ética y lógica en lugar
de “indiferencia”.
Pero tanta lógica, tanta ética, tanto raciocinio, llevan a
menudo al desengaño y al hundimiento de los esquemas construidos cuando
percibimos que se viola alguno de los preceptos que asumimos como universales. Y
la universalidad, en materia de pensamiento, no está contemplada en la filosofía
del absurdo. Entonces… ¿por qué hay ecuanimidad a la hora de interpretar ‘El
extranjero’?
En cualquier caso, tal vez el hombre actual sea más
masoquista que frívolo, y disfrute del sentimiento de agonía que provoca la
preocupación por ciertas nimiedades; o quizás la egolatría, hoy más presente
que la liviandad, haga dar urgente prioridad a lo propio que a cuestiones
colectivas de mayor alcance. O, y esto es lo más probable, el afán de posesión y las ansias de dominio le hacen víctima de sí mismo, empujándole a los pozos del desasosiego.
No se trata de un “mejor” o un “peor”, simplemente de una
simplificación, de una relativización elevada a infinito del devenir de las cosas. No se trata de “pasotismo” por naturaleza, como a veces se califica la
materialización del absurdismo. Detrás de esta elección hay horas y horas de
pensamiento, horas y horas de meditación que acaban por inclinar la balanza
hacia el lado de la comodidad práctica.
Si eso no es usar la
lógica y el raciocinio, que baje Camus y lo vea.