Desde hace unas semanas tengo un deseo que se engrandece a cada día que pasa. Es un deseo absurdo y banal, por inalcanzable. Deseo echarme a dormir una noche y despertarme a la mañana siguiente con las manos más arrugadas, en una cama de 135, en una casa confortable ubicada en cualquier lugar y, sobre todo, despertarme con la certeza de saber quién soy, cuáles son mis sueños, con quién puedo contar.
Parece el típico deseo que responde al perfil de mujer de clase media, engatusada por las directrices, casi imposiciones sutiles de la sociedad. Y tal vez lo sea. Sólo que mi deseo no se basa en la consecución de objetivos, sino en todo lo contrario, en partir de la línea de salida con todas esas cosas que se consideran necesarias para tener una vida plena ya a cuestas. Quiero obviar la juventud, con sus vaivenes inútiles y sus desequilibrios frustrantes; con sus borracheras, su conocer gente, su depender de los demás y sus preocupaciones sobre lo que vendrá después. Quiero despertarme con la vida resuelta, a sabiendas de que dentro de diez años desearé despertarme con diez años más o con diez años menos.
Es un deseo cómodo, apático. Un deseo estúpido que de cumplirse supondría un vacío de experiencias que me condicionaría de por vida. Pero sé a ciencia cierta que es un deseo efímero y que dentro de tres o cuatro meses de él no quedará rastro.
Corazón. A veces gustaríanos aforrar todas as cousas malas que vivimos, e as que sabemos que nos quedan por vivir. Pero a estabilidade está nun mesmo e non na idade. Recorda que o importante non é a meta, senon o camiño hacia ela.
ResponderEliminarQuérote !!!