lunes, 21 de febrero de 2011

¿Tiendas o teatros?


Pasear de noche por la Gran Vía madrileña puede resultar frustrante para alguien que busque disfrutar, a buen precio, de una velada meramente cultural y por ende, enriquecedora. A uno y otro lado de la calle parpadean las bombillas y neones que encabezan el emplazamiento de los teatros, auditorios y cines, que se funden y confunden con los gigantes y luminosos paneles publicitarios. Y es que no siempre resulta fácil distinguir entre una y otra cosa…
-Pero… ¿antes no había un teatro donde está ahora esa tienda de MoviStar?
-No es una tienda. Sigue siendo un teatro, sólo que ahora es el Teatro MoviStar.

Esta estrategia de marketing no se ha dado sólo en el Rialto. El conocido Teatro Calderón fue renombrado hace unos tres años como Teatro Häagen-Dazs, y la misma suerte corrió el auditorio multiusos situado en la Casa de Campo, denominado ahora Telefónica Arena.
¿Qué significado tienen estos nuevos nombres? Pues lo que ya todos sabemos: el juego sucio de las multinacionales, de los inconcebibles capitales, de las presiones económicas y del corporativismo ya ha llegado a la cultura. Ha tardado, pero el sombrero de copa finalmente ha metido mano en el arte de a pie para impedir que las costumbres populares sean accesibles a todos los públicos. Privatización. Algo que empezó en los cines, con su expectación masiva y su universalidad, se ha trasladado a las pequeñas salas, donde los recursos materiales son más escasos, pero donde los personajes configuran el mágico ambiente del vivo y el directo.

Las ventajas y desventajas de esta conquista publicitaria irán en función del perfil de cada espectador. Por una parte, los teatros del centro de Madrid ya sólo albergan mini-superproducciones teatrales, muy orientadas por sus elevados precios a familias, adultos o grupos. Los llenos son totales y el recinto emana un aire muy comercial, y salvo para los más pudientes, la entrada para una función puede suponer un ‘capricho’.
Por otra parte, los que antes disfrutaban de obras clásicas e independientes en los edificios emblemáticos del corazón de la capital se ven ahora relegados a salas más pequeñas, menos conocidas y que cuentan con menos medios de difusión y por lo tanto, con menos posibilidades de crecer.
Y he aquí el bucle del poder que, cual remolino de billetes verdes, asciende hacia las alturas mientras el talento de lo humilde se sume cada vez en cloacas más profundas.

sábado, 12 de febrero de 2011

Sospechosos Habituales

Se trataba de una mujer joven e ingenua. Había llegado a la vorágine de la gran ciudad tras haber pasado sus veinti pocos años de vida en el apacible sosiego de la aldea norteña, pero con todo se adaptó bien.
Un día, como en ocasiones anteriores, se dispuso a devolver una película en el videoclub del barrio donde vivía. Pero esta vez era diferente: había sobrepasado el límite de entrega de la cinta.
Al entrar al establecimiento se dirigió al dependiente un tanto apurada, pues no sabía qué fatales consecuencias podría acarrear su demora:
- Hola. Venía a devolver una película, aunque con un día de retraso...
- Bien. ¿A qué nombre estaba?
- Lola Lólez-, dijo con la voz temblorosa.
El empleado cogió el listado de papel que usaba a modo de relación de clientes y películas.
- Sí, aquí está. A ver... Sospechosos Habituales.
La mujer no sabía dónde meterse. Se ruborizó al pensar qué habrían hecho ella y su marido para gozar de tan mala fama en aquel videoclub y solo atinó a decir:
- No, no... Si es la primera vez que nos ocurre...