A sólo tres días del octogésimo aniversario de la proclamación de la II República, me asalta una duda. Con el lamentable panorama sociopolítico al que estamos asistiendo, ¿cómo alguien puede tener como máxima preocupación la renuncia del monarca? Seguimos dividiéndonos en esas absurdas contraposiciones de “rey sí, rey no”, de izquierdas y derechas y, cómo no, de populares y socialistas. Y mientras defendemos con fervor aquellas ideas (y a aquellos políticos) a las que nos aferramos, ellos, los políticos, sean del color que sean, se ríen de nosotros con pretendido descaro.
He aquí un listado de los casos con los que más se han desternillado sus señorías: la reciente y rotunda negativa de los eurodiputados a volar a clase turista para recortar gastos (cuidado, que ahora algunos de los que votaron “no” lo cambiarán para abstenerse); la presentación de listas electorales infestadas de personalidades imputadas en casos de corrupción (véase Camps, quien parece desconocer el significado de las palabras “dimisión” y “dignidad”); por el otro bando, se lo han pasado ‘pipa’ con la trama de los ERE en Andalucía; también se ríen cada vez que sale a relucir el tema del copago sanitario para el ciudadano de a pie, mientras ellos gozan de privilegiados seguros privados (¿no es tan maravillosa la Seguridad Social?); en la misma línea está el tema de las pensiones vitalicias (para eso se ha aumentado la edad de jubilación a los 67 años, para que sigamos alimentando sus fondos como si de calderas de carbón se tratara); y, por último, lo que más me enerva a mí y más les troncha a ellos: la ley electoral, una ley que impide a efectos prácticos que entre una tercera agrupación a pugnar por un poder que ya se pudre en el bipartidismo. Y adivinen… ¿quién puede cambiar eso? Pues esos dos partidos que, aparentemente, tan mal se llevan y que, aparentemente (o eso creen ellos), tan distintos son. Pero ni a los del puño ni a los de la gaviota, defensores a ultranza de la democracia española, les he oído una palabra sobre la reforma de la ley electoral.
Mientras todo esto sucede, entre carcajada y carcajada los políticos aprovechan para tirarnos, desde sus bancos, leyes insignificantes pero controvertidas para que nosotros peleemos cual palomas por unas tristes miajas de pan.
¿A quién le importa la Ley Antitabaco? ¿A quién le importa la Ley Sinde? ¿A quién le importa que el rey renuncie al trono? Yo, por lo menos, siento más cercana a la Familia Real (sí, esas figuras arcaicas que nacen ya con privilegios) que a la clase política, a la que nosotros, el pueblo, designamos para que cumplan nuestra voluntad. ¿Lo hacen? No. Entonces, ¿Por qué antes de pedir la caída de la Corona no pedimos la extinción de este criadero de rémoras y la implantación de una democracia real?