La mímesis que desde su nacimiento han tenido las nuevas tecnologías con el género humano es, cuanto menos, abrumadora. Y dentro de la gran familia de los bípedos con raciocinio, ha sido en las especies adolescente y juvenil en las que ha hecho más mella, tal vez por aquello del tiempo libre que deja el horario académico a media jornada.
Artilugios como las primeras videoconsolas ya son difícilmente catalogables como tal al lado de las sofisticadas máquinas de entretenimiento que se venden hoy día en el mercado. Lo mismo pasa con los ordenadores y con los teléfonos móviles. ¿Quién les iba a decir a los ejecutivos de los 90 que en menos de 15 años podrían chatear, hacer videoconferencias o descargarse miles de aplicaciones desde sus dispositivos móviles? Nadie, porque por aquel entonces ni siquiera existía tal jerga.
Como ocurre con todo, las tecnologías tienen sus defensores y sus detractores, y aunque decir que pertenezco al segundo grupo sería hipócrita, sí rechazo la creciente dependencia que se comienza a vislumbrar a merced de ciertos aparatejos.
Me molesta especialmente el caso de las BlackBerry. Ir a tomar algo con los colegas y sentir que tu lugar en el grupo ha sido ocupado por un miniordenador es triste; tocado. Pero la cosa empeora cuando, por ejemplo, acabas de contar un chiste y tu interlocutor se troncha… Por un momento te sientes orgulloso y satisfecho, pero… ¡Sorpresa! No se reía con tu chiste, sino con algún otro amigo al otro lado de su BB; hundido.
Precisamente, tanta manía le profeso al cacharro que solo escuchar el nombre abreviado me irrita: el que a un chisme de tal naturaleza se le denomine “bebé” hace despertar mi lado más escéptico. “No encuentro mi BB”, “¿Dónde está mi BB?” o “¿Tienes BB?” son algunas de las frases con las que tuve que lidiar cuando mis amigos más adelantados se hicieron con las primeras BlackBerrys o “bebés” del grupo. Ellos fueron los padres prematuros de una enorme camada que ha conquistado a gran parte de la juventud española.
Por eso ahora oír frases de ese tipo ya me resulta de lo más común, hasta tal punto que temo que algún día, en alguna gran plataforma comercial, se me acerque alguna mujer apurada y nerviosa formulando una pregunta más propia de telefilme dramático y vespertino que de la vida real: “¡¿Has visto a mi bebé?!”. No estaré bromeando si le digo con indiferencia: “Mire en el bolso, señora”.

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