Todavía no sé por qué escribo. De hecho, casi no escribo. Y eso sí sé por qué es. Porque pasados los días y los meses, cuando vuelvo a leer lo que un día me pareció inspirador, se me cae la cara de vergüenza. Lo mismo me pasará con esto. Qué le vamos a hacer.
Hace una semana una amiga comentaba que es bueno avergonzarse de uno mismo: significa que estamos madurando. He recibido ese lema con los brazos abiertos y ya no quiero desprenderme de él. Todos los días, como quien hace la señal de la cruz al meterse en la cama, vivo algún capítulo de vergüenza propia. Primero me maldigo; luego me río -un buen rato- desde la impotencia de saber que hay cosas que no se pueden cambiar; a partir de ahora, como tercer paso, traduciré el sonrojo en síntoma de madurez inmediata.
También he oído mucho estos días esa vieja y manida -aunque cierta- frase. "Es mejor arrepentirse de lo que has hecho que de lo que no". Al menos puedes reírte si quedas como un patán. Aunque esa risa sea la típica hiperventilación nerviosa que precede a un llanto histérico y cargado de patetismo.
Como este absurdo texto. Llamarle "texto" es bastante pretencioso. Ya me estoy avergonzando. Ya estoy madurando. A este paso, me marchito antes que aquella flor de 'Daniel el Travieso'. Amorphophallus Titanum.
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