sábado, 9 de febrero de 2013

Bebé a bordo

Acabo de subirme en un autobús. Lo primero que escucho al atravesar esa compuerta es el desconsolado llanto de un bebé. Camino por el pasillo hacia atrás y más atrás, y el llanto se va intensificando. Y pienso: "¡Vaya por Dios!" 

He llegado a mi sitio y, cómo no, me siento sin ningún tipo de preparativo previo a un largo viaje. Estoy unas tres filas delante del 'dichoso' bebé y la gente de mi alrededor, todos en el área de peligro, bufan, resoplan y chasquean sus lenguas contra el paladar. A estas quejas sordas se suman las verbales, las de esos pasajeros que maldicen al bebé en las conversaciones telefónicas que se dan al principio de todo viaje. Yo aún no he expresado mi malestar... pero no será por ganas. Me molestan los llantos del bebé.

Me levanto para quitarme el abrigo y lanzo una mirada llena de odio y amenaza hacia el lugar del que proceden los berridos. Entonces veo al bebé, sufriendo por algún motivo que los demás desconocemos y trivializamos pero que él siente desde la pureza de su inexperiencia, desde su inconsciencia. 
Y veo a su madre, un rostro lleno de dulzura que, ajeno a la incomodidad que su retoño despierta en los pasajeros, trata de calmarle con una sonrisa aderezada con desazón. 

Mi mirada amenazante se transforma, repentinamente, en vergüenza propia y ajena. Los bufidos, resoplidos, chasquidos y demás quejas continúan. Ojalá los demás se voltearan y vieran lo que yo he visto: una imagen llena de ternura y de mimo, una demostración del amor más inmaculado. 
El foco de tirria de medio autobús se ha convertido para mí en una guía que me recuerda cuánto desprecio los individualismos, la falta de empatía y, en suma, la insolidaridad. Ellos brillan y los demás seguimos en la penumbra.

En el fondo, sus llantos nos molestan porque todos tenemos unas profundas e irreprimibles ganas de llorar. Le envidiamos porque él puede desahogarse sin importarle qué piensan los demás. A gritos y aspavientos, a lágrima viva y a moco tendido. Nosotros no. No en público. Como mucho nos concedemos el lujo de echar un suspiro humedecido desde la furtividad que nos concede el bochorno.

El autobús comienza a moverse. Pasado el rato, se vuelve a escuchar al bebé. Esta vez son risas adornadas con trinos y gorgoritos que a nadie parecen molestar. El bebé sigue siendo dichoso y nosotros... Nosotros continuamos con unas profundas ganas de llorar.





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