martes, 28 de diciembre de 2010

No me gusta un pelo

Crece en mi cara como el junco crece en pantanos y humedales. No necesita condiciones ni cuidados especiales, tampoco demasiadas atenciones. Él, a su ritmo, medra y medra sin que casi lo perciba, y cuando por fin me doy cuenta, ya ha recuperado su carácter indómito y su salvajismo natural. Entonces toca ponerle solución. Pero es algo crónico. Resurge de sus cenizas cual ave Fénix, cada vez con más fuerza. A medida que el tiempo pasa y él renace la situación se torna más incontrolable.
Puedo cortar el problema momentáneamente, pero no arrancarlo de cuajo. Porque eso serí­a como separar a la lapa de la roca.
Él se encuentra en tal consonancia con su ecosistema y su ecosistema con él, que si los separara, el ubérrimo terreno en el que ahora crece -una especie de Reserva Protegida de la Epidermis- pasaría a ser paraje yermo y devastado.
No me gusta un pelo. Mas... ¿Qué puedo hacer? No sé... Pero no me gusta un pelo.
¿El qué?
Un pelo.
Pero... ¿Qué es lo que no me gusta un pelo?
Pues eso: un pelo.

2 comentarios: